PMF: ¿Por qué el amor en la adolescencia es mejor que siendo adulto? by B.

Publicado en por Madame Desamor

Querido B:

 

En primer lugar agradecer tu pregunta. Me encanta que uséis el mail madamedesamor@unionmadrid.es. Sabéis que tenéis otros muchos métodos, como el Facebook o el maldito Twitter. Ya casi hay cuatrocientas personas que me siguen. Yo me imagino que voy caminando por la calle y ellos vienen detrás. Me da un poco de miedo, porque mientras vayan de buenas vale, pero cuatrocientas personas cabreadas ya son unas cuantas. En fin, que mil gracias. He aprendido a hacer puré hace poco, así que estás invitado a probarlo. Algunos afortunados, han declarado ya su sabrosura. Empezamos.

 

 

El amor en la adolescencia es como los reyes con cinco años. Uno lo vive con mucha más ilusión. Es una especie de regalo bien envuelto, nuestro primer regalo. Y parece, por alguna extraña razón que no he entendido nunca, que jamás se va a volver a repetir. Con quince o dieciséis años, uno siempre piensa que va a terminar falleciendo tanto de amor como de posterior desamor. Porque normalmente se termina. Y es una estafa.

 

Lo es porque nadie dice cómo será el siguiente. Y el siguiente nunca es igual. Hay personas que piensan, no sé si será tu caso querido, que ése amor es el verdadero. Bueno, realmente no estoy de acuerdo. El corte de pelo que llevábamos en la adolescencia no era el que llevaríamos ahora. Los vaqueros, las deportivas o los abrigos que escogíamos en aquel entonces nada tienen que ver con nuestra estética actual. Seguramente tampoco nos gustaba la misma música. Ni los mismos bares. Quizá bebíamos y comíamos cosas distintas a las de ahora. Entonces dime; ¿si no te pondrías una bomber a día de hoy, por qué ibas a desear querer de la misma forma?

 

Si hay algo mágico en el amor adolescente es sólo la inocencia. Ahora es imposible recuperar ése ingrediente. Por unas cosas o por otras nos hemos convertido en viejos lobos de mar. Qué le vamos a hacer. Precisamente, por aquellos primeros amores, perdimos nuestra visión infantil de las relaciones. Escondidos detrás de una serie de complejos juveniles que nos hacían creer que la chica o el chico al que amábamos era perfecto, mientras que nosotros éramos grandes bolas de acné. Ahora no somos bolas de acné, pero renunciamos a ver la perfección en el otro. El ojo adulto, qué traidor. Nos enseña la pura verdad.

 

No es que amemos menos. Es que a los quince años la marea hormonal a la que estamos sometidos nos hace creer que el amor es más intenso, los colores más vivos y los dolores más inhumanos. El alma de un adolescente es bella, a la par que estúpida en ése sentido. Es la química quien siente por nosotros. Ahora también, sólo que hemos superado una especie de revolución francesa interna. Luis XVI se halla con la cabeza cortada debajo de nuestros corazones y ya nada será lo mismo.

 

ss  Lástima.

 

Es como la primavera. Uno cuando es un niño, se deja impresionar por el clima. Así, si un día en la infancia de alguien es primavera y hace mucho calor, lo recordará para el resto de sus días. Sólo que no recordará que fue un día de calor. Sino que cuando sea adulto, dirá convencido:

 

"Cuando era un niño, las primaveras eran calurosas".

 

Del mismo modo, alguien que vio nevar en su pueblo siendo un niño un día de diciembre, de adulto sentenciará: "Antes en invierno nevaba". Nuestra memoria selectiva coge un trozo de recuerdo y lo coloca como un enorme parche sobre el resto de las imágenes, que por unas razones de espacio cerebral, se han ido perdiendo. Ampliamos el concepto y no decimos "Nevó un día" sino "Nevaba". Del mismo modo, quisimos una vez, durante quince días, un mes, dos horas. Y ampliamos el concepto "amor juvenil" hasta desprestigiar todo amor posterior. Nuestro parche nos engaña, seguramente. Quizá nos resulte imposible recordar que íbamos por la calle con la cabeza gacha, porque nos había salido un grano en la nariz. O teníamos complejo de narizotas o nos habíamos teñido el pelo de azul y nos señalaban por la calle. Y no apreciamos que eso ahora, ya no es así.


Sólo es un ejemplo.

Y quizá me esté equivocando.

Por eso le deseo a todos y a cada uno de los lectores un amor tal y como ellos recuerden que sea mejor.

 

Está claro, quiero lo óptimo para todos.

Mientras tanto, me daré de cabezazos contra la pared.

Pensando.

 

Por qué de pequeña siempre iba en manga corta en primavera.

 

 

 

Con todo mi aprecio.

(Dedico este post a Luis XVI, que me habló de los parches)

Madame Desamor.

 

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