Despegando

Publicado en por Madame Desamor

Sí, ya sé mucho tiempo desaparecida. Hay momentos en los que a la gente no le surgen dudas amorísticas y por mi parte, he vuelto a dejar que me secuestre una panda de polacos armados hasta los dientes que me han hecho lavar coches diez horas al día. Ah, no. Eso fue en 2004. No me acuerdo.

 

El caso: aquí estoy. No sé si alguna vez le habrá pasado a alguien, a mí sí. O me está pasando en este instante, a lo mejor. De tener la cabeza puesta en un sitio, en un lado de la estantería y guardarla ahí. Y poner en ella toda la energía para caminar, para comer. Es la que recuerda que tiene que respirar de vez en cuando para seguir adelante y crecer. Y un poco más abajo, escondida detrás de los libros del estante, una cajita. Con cosas. Varias cosas tontas. Y se sabe que para que todo vaya bien, uno no puede abrir la caja. Tiene que seguir pensando, mantener la cabeza arriba. Pero por lo que sea un día piensas: "No pasa nada, puedo mirar la caja". Y la abres. Y la cagas.

 

Rápidamente, cierras la caja, de la que se han escapado todos los pecados de los que intentabas huir. Pero es tarde. Y recuerdas. Ya no se puede saber dónde dejó uno la cabeza, porque está ahí, hundida sin remedio en la boca del estómago. Qué dolor tan horroroso, da hundir la cabeza en otro punto del cuerpo. Irremediable, supongo. Porque aún no he conseguido construirme a base de acero. Aunque pedí presupuesto. Todavía no me sobran los duros, qué le voy a hacer.

 

Conociéndome, no soy muy dada al agarrotamiento estomacal. No suelo sufrir de pánicos escénicos, ni de penurias de hígado y tampoco me suele suceder que le den un pinchazo al corazón del que no salga una cicatriz de guerra super chula. Será que me hago mayor. O algo de eso. Como si mirase a las paredes de mi cuarto y ya no hubiese fotos. Como si no hubiesen estado nunca. Algo chirría. Creo que son mis rodillas, pero ésa es otra historia entre yo y mi ex-monitor de aerobic.

 

No sé si le ocurrirá a todo el mundo, ya digo, pero a mí sí. Lo de quedarme tonta pensando, sorbiendo un café en la barra de un bar. Pensando todo el rato en una caja cerrada, con la leche fría. Un vaso de agua. Un pincho de tortilla, sin calentar, gracias. Ha vuelto a subir el tabaco. Tengo que deshacer la maleta. No tengo tiempo.  Y de pronto, que alguien se acerque a mi espalda y me diga casi susurrando: "Qué guapa te pone la pena". Me hace gracia. Y respondo que no estoy triste. Un poco cansada. Que trabajo aquí al lado. Que no sé qué de cabezas y de cajas. Que cuando quedamos.

 

Y se me olvide de lo que estábamos hablando.

Etiquetado en Amor y Desamor

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