D.E.: ¿Debo seguir celebrando mi cumpleaños aunque se acerquen los 30? by Carmen

Publicado en por Madame Desamor

Querida Carmen:

 

En primer lugar agradecerte la participación en el blog. En segundo lugar felicitarte otra vez por tu cercano-a-treinta-cumpleaños. En tercer lugar informarte que en este momento ya tengo 202 seguidores en mi nueva página de Twitter, de la cual no me entero de nada. Y también que ya puedes escuchar el tercer programa que hicimos en la radio, Sujeto y yo, el jueves. Aquí abajo a la derecha. Y nada más, empezamos.

 

Por lo pronto, nunca, pero nunca nunca, hay que dejar de celebrar nada. Eso es muy sencillo: de normal nos levantamos, vamos a trabajar (el que tenga trabajo), o nos ponemos a limpiar la casa, o a sacar al perro, a hacer una visita al médico. Como mucho bajamos las escaleras torpemente, más si es lunes, hasta el portal y nos arrastramos hasta el bus, o al metro. Y nos dejamos caer temprano por cualquier túnel, hasta que nos engulla un vagón, o la gente o lo que sea. Caminamos por aceras grises, casi en ruinas, sin acordarnos si quiera de lo que son las emociones. Hasta que llegamos a cualquier otro punto B, desde A, claro. Nada más. Por eso, no hay que dejar nunca de celebrar. Ni un cumpleaños, ni un santo, ni siquiera que el cartero no se equivoque esta vez de buzón: todo eso merece un buen brindis. Sonrisas y choques de manos.

 

Lo de los treinta. Pica.

 

Pero pica mucho menos si uno ha hecho los deberes. Es decir: la crisis de los 25.

 

ss  Pero ¿qué es esto de la crisis de los 25? una invención tuya, seguro...

 

No, no. Esta vez no.

 

La primera crisis vital aparece a la edad de 25 años. ¿Por qué? No lo sé. ¿Entonces por qué sé que es así? Experiencia y encuestas callejeras. Los 25 son una pesadilla. Uno empieza a darse cuenta de que terminó de estudiar, que cuarto de siglo le cuelga a la espalda, es más: a las posaderas y que tiene que plantear --pero ya, pero ya-- opciones factibles de futuro. La inserción en el mundo laboral ha podido ser más o menos afortunada y suele coincidir con alguna que otra decepción sentimental. Todo esto bien batido, seco, con aceitunita. Da lugar a una crisis brutal.

 

Cuando esto pasa y uno no se ha convertido a la Orden Evangelista de la Cabra Colorada o ha cambiado su carrera para hacerse striper, espera pacientemente a los 30 para convertirse en Bridget Jones.(Según todos los libros que yo haya podido leer).

 

El caso, querida amiga, es que los 30 llegan y desde aquí, MD, yo misma, quiero restarles importancia. Porque los 30 no son lo que eran. Nosotras no somos lo que éramos, ellos no son lo que eran. Y así, podría conjugar el verbo ser y estar, que bien sabes que en inglés son lo mismo, pero no en castellano. Así uno tiene una edad. La lleva. Es cierto que no podemos deshacernos de los años, pero otra cosa es que seamos nuestros años. O que al menos no sepamos cómo se llevan de una forma que nos haga felices. Y no como pone en el Real Decreto de las Personas que Están Cerca de Cumplir 30. Todos sabemos que ése decreto está desfasado.

 

¿Por qué?

 

Porque lo escribieron otros. La historia, la escribieron otros. Eso sí.

En nuestra mano están dos cosas.

 

1. Que no se repita.

 

2. Hacer una historia propia.

 

Y no, los dos puntos no significan lo mismo.

 

 

Con todo mi aprecio.

Madame Desamor.

Etiquetado en Dudas existenciales

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