AC: Por qué nos mudamos.

Publicado en por Madame Desamor

Pensar en una mudanza me recuerda siempre a aquella canción tan tonta. No lo puedo evitar. Es como pensar en una cerveza. Siempre tiene que ir acompañada de su tapa. El café, con tortilla. Los huevos, con torreznos. El caso es que llevaba unos días sin actualizar el blog. Las preguntas se amontonan en el mail como las cajas en mi cuarto de estar.

 

A veces uno se muda porque quiere, o porque lo necesita. Otras veces se muda por obligación. A lo mejor en algún que otro momento, simplemente uno tiene que mudarse porque toca. Porque ha pasado el tiempo y está bien mudarse. Igual que cortarse el pelo o comprarse un vestido nuevo.

 

Porque la palabra mudanza, es realmente estúpida. Es como si nos fuéramos a quedar mudos, por un lado. Pero por otro es como si nos fuéramos a cambiar de muda. Como si nos comiéramos el mudo. Como si nos conviritiéramos al mudismo. Que es una corriente básicamente mudista, de gente calva que medita.

 

La mayoría de las mudanzas, ya sean de casa, de pensamiento, de corazón. Son por decisión propia. Llega un día y piensas "Hoy quiero irme de aquí". Ya estás realmente convencido. Así que te largas. Las mudanzas de pensamiento tienen lugar cuando uno se cansa de tener según qué ideas. A veces se puede aburrir de pensar siempre igual. Así que se cambia. Y punto. Las mudanzas de corazón son ésas en las que uno decide cambiar de persona a la que querer.

 

ss

 

 Qué fácil lo pones.

 

 

 

Y es.

 

Como aquella vez que me hice de Greenpeace sólo porque el captador me dijo que me llamaría para tomar un café. Es que era muy mono. Y portugués. Es por el acentillo ése, a mí los portugueses me vuelven loca. Después de haber pagado quince cuotas de socio, pensé que sería mejor darme de baja, porque no iba a llamar. Y al carajo el medio ambiente.

 

Pero mudarse al fin y al cabo es asumir que dejas de ser en un lugar. Donde sea. Ya sea en una casa, en un puesto de trabajo, en una persona. Dejas de estar allí y te vas a otro sitio. Es asimilar que cuatro paredes van a dejar de escucharnos. De hablar de nosotros. Ése espacio habrá vivido con nosotros lo que nosotros hayamos vivido allí. Muchas veces les otorgamos a los lugares valores personales. Entonces vemos una caja de cartón como la metáfora de lo que poseemos. Y eso siempre entristece. Porque una caja de cartón es triste. ¿Sería igual si fuera de plástico? No lo sé. Sólo sé que el cartón es altamente depresivo. Es un material a evitar. En la vida en general y en las metáforas en particular.

 

Cuando dejamos de ser un dónde, dejamos de alguna manera de ser un cómo. Es inevitable. Somos como bolas de plastilina: maleables, agrietables, romplibles. Humanos. 

 

Si fuéramos serpientes nuestras mudanzas se resumirían en cambiar la piel. Aunque los humanos también la cambiamos no es tan espectacular. No tenemos la habilidad de sacar del cuerpo de un tirón algo, estonomegusta. Me lo quito. Ya crecerá algo nuevo. No tenemos la capacidad de eliminar la parte que nos recubre, inevitablemente a veces. Que nos hace de máscara, de armadura.

 

Quizá no es una capacidad en sí misma, esto de eliminar lo que no nos gusta. Evidentemente es una intención.

 

 

ss

 

  O sea que viene siendo evitable.

 

 

 

Qué vida ésta.

 

El caso es que al final uno se muda de todo menos de casa. Y podemos estar de mudanza años, si acaso nos cuesta más o menos. Qué cosas. Así a este ritmo, llevo mudándome toda mi vida.

 

El tema es que lo llevo todo encima.

 

Tanta metáfora.

 

Y al final, nada de lo que me llevo me cabe en una caja.

 

 

Etiquetado en Auto Cuestiones

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Fernando 02/01/2011 00:51


Buena teoría sobre las mudanzas. Yo, de las que he hecho, concluyó que al final nunca te desembarazas de esos trastos viejos y mundanos que deberían desaparecer cada vez que uno hace una mudanza.
De cualquier forma, es lo que más deseas arrojar al cubo de la baseura, pero cuando has terminado la mudanza, siguen ahí. Y eso es porque te han seguido, y porque posiblemente no importa a dónde te
mudes. Te encontrarán.

A mí me gustan las mudanzas, creo de hecho que son necesarias, aunque a veces uno se muda y termina mirando su nuevo y flamante hogar solo para preguntarse --¿Yo qué diablos hago aquí?-- Y de
repente, uno añora con la fuerza de un elefante todo aquello que condujo a la mudanza en cuestión.

Pero aún así, insisto, me gustan las mudanzas. Y ya que has hablado de las mudanzas de corazón, te lanzo una interrogante: ¿Es posible caer en una mudanza incombustible, en una especie de
vagabundeo inmobiliario agravado por el alza del Euribor, o el inquilino que comienza una mudanza, como cántaro que va a la fuente, termina localizando un hogar cómo en el que instalar su sofá y
ver los partidos de fútbol en diferido?.

De acuerdo, soy consciente de que habrá casos para todo y que ancha es Castilla, pero frente a aquellos declarados profetas en su tierra, yo reivindico el valor de los eternos forasteros, aquellos
que por no haber conocido otra vida que el nomadismo o por su propia precariedad, miran las luces de la ciudad desde la ventana de su habitación con la única esperanza de encontrar un hogar
mejor.

Ok, la botella de rioja ha menguado ya como la Luna y en pocas horas hay que madrugar. Bueno, un besote muy grande y enhorabuena por tu blog, que mola un montón.