Tratamos el maldito amor con bastante humor 
Envía tus preguntas a: madamedesamor@unionmadrid.es
Consultorio amorístico de Madame Desamor
¿Qué es esto? ¿Una batcueva?
No. Éste es un lugar dónde responderemos a todo tipo de preguntas:
de amor, de desamor de la vida y de las tareas del hogar si hace falta.
Déjanos tu pregunta, o tu tema a desarrollar y le daremos la vuelta hasta
provocar una sonrisa o un ataque de pánico.
Tratamos el maldito amor con bastante humor 
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He hablado varias veces de lo raros que pueden resultar los domingos. Así que no es un día para empezar a revolver cosas que meter en cajas. Ah, claro. Que me mudo. Otra vez. Pero esta vez no me voy a otro barrio, ni nada de eso. Me voy a otra ciudad, con mar y todo. Y espero tener vistas desde una casa nueva. Pagada. Así empieza 2012. Qué cosas.
El caso es que he decidido no llevarme nada, o por lo menos llevarme muy poco. Estoy en un momento muy ligero de mi vida. O es que había cargado con muchas cosas hasta ahora, no sé. Hasta me corté el pelo para llevar menos. Eso sí, al día siguiente llovió. No falla.
Últimamente los desamorados que me encuentro en la calle, me resultan un tanto molestos. No sé si tiene que ver con mi mudanza o no, pero me resultan molestos. Que si yo le quiero mucho pero le estoy engañando, que si ella me quiere mucho pero tengo que dejar el trabajo para que siga conmigo, que los dos nos queremos mucho pero me deja la visa tiritando, que me quiere mucho pero todavía no se ha decidido a empezar algo conmigo, que le quiero mucho pero no quiero seguir con él. Y no sigo. No sigo que reviento. El caso es que yo antes con estas cosas tenía paciencia, pero ahora mismo no lo veo.
Tampoco tenías mucha, MD.
Tú siempre criticando.
Pero es igual. No sé si tenía más o menos paciencia, pero ahora mismo, será por la ligereza del momento, sólo se me ocurre pensar que no puede ser tan difícil. O se quiere o no se quiere. Otra cosa es no estar seguro de qué se quiere. Eso es más chungo a mi parecer. Porque si no se sabe lo que uno quiere puede estar molestando a otro sin querer. Y si no pensamos en el otro podemos estar estorbando pero mucho. Ahora, que a veces, eso que decía Aristóteles de que si quieres que te amen tienes que amar, no se cumple. Y si me lo encontrase por la calle, ya se lo iba a explicar yo.
Lo único que les diría a todos ésos desamorados que me acuden para no se qué, que aún no entiendo, es que el amor, como siempre, es algo distinto. Debe ser otra cosa. No tiene nada que ver con el dinero, ni con el trabajo que uno tenga, ni con el país donde viva, ni con la ciudad donde se mude. Que si hay, hay y si no hay, no hay. Y quien lo ha visto, sabe de lo que hablo.
Y el que no, se irá ligero. Como una que yo me sé.
2011 se acaba, es un hecho. Como era de esperar, sin nada en la nevera y para dos pimientos que quedan, andan pochos. Como viene siendo tradición, a estas alturas de año, todo el mundo estará buscando ropa interior roja, escribiendo objetivos para el año que viene que no le dará tiempo a cumplir o cocinando una cena exagerada que al final no va a evitar que nos suba el champán a la cabeza. Todos los unos de enero, desde hace muchos años, son días de resaca brutal. Y todas las nocheviejas, noches de fiesta infernal, en las que las medias terminan por romperse, los metros por no cogerse y los taxis a medio desaparecer.
Aún así es inevitable que a estas alturas del año, tenga uno ésa sensación de alegría incontrolable por lo que viene. No se sabe si será mejor o peor pero la incertidumbre o la esperanza o los planes que tenemos en la cabeza, nos llenan de ternura o de alivio por saber que no vamos a cometer los mismos errores que el año que dejamos atrás. Ciertamente, esto es completamente falso. No es que esté catastrofista, pero así es la vida. Cometeremos otros, más entretenidos. Si hubiéramos aprendido ya a vivir, no sería tan divertido.
2011, se ha hecho viejo. Y ahora, al verlo tan arrugado, me hace gracia. Tengo ganas de perderlo de vista, no lo voy a negar. Todo lo que tuvo bueno se lo queda y lo malo también. Los años son como los jamones, si salen buenos bien, si salen salados son una verdadera lata. Éste ha sido para mí como un sueño. Y tal como me he despertado, no me acuerdo ya de nada. Quizá me queda aún un poco de soñolencia, un dolor de cuello de mala postura al dormir, y las sábanas que necesitan una ducha. Poco más.
Hay gente que se llena la boca diciendo que el 2012 va a ser peor. En cuanto a crisis supongo. Para mí no, aviso. Yo ya he cumplido este año y si quiero más dinero del Estado tendré que ir a la cárcel para que me den de comer. Como no entra en los objetivos, ya lo dejo para más adelante. Así que no. Me gustan los años pares. En el 98 lo peté y el 2008 fue muy grande. Este año no pienso participar en los juegos olímpicos, pero igual doy sorpresas. Tampoco creo que me haga astronauta o que me mude a Alaska. Seguiré siendo yo, qué le vamos a hacer. No es decepcionante si lo pienso, porque me gusto así. Puede sonar absurdo, pero es la verdad. Me quiero sin saber muy bien por qué, porque a veces puedo ser un poco idiota, pero me da ternura y me acaricio un poco mi pelo de fregona y sigo caminando. Soy de ésas personas a las que se quiere sin saber muy bien por qué, sin tener razones. Como una mascotilla.
Al menos no voy a recibir al 2012 con la cara azul, ni con el estómago revuelto. Algo regulera de salud, eso sí. De dineros mejorando. Los amores, ya lo he dicho, que acabo de despertarme. Así que aún tengo que desayunar, para que se me entienda.
Total, que haciendo balance, el 2011 ha sido un bodrio. Como una peli mala, que ha costado digerir, que ha costado asesinar y que ha costado mandar al garete. Y ahora que se termina, sólo puedo pensar, que ahí se queda, con cara de bobo. Como no podía ser de otra manera, los demás seguimos. Nos peinamos, nos damos unos golpecitos en el hombro y echamos a caminar. A donde sea, eso no se sabe, pero seguimos respirando, después de haber sobrevivido y eso le hace sentir a uno muy grande. Muy guay. Y sobre todo, lo que debe hacernos sentir es que lo que nos vamos encontrando es exactamente lo que nos merecemos. Eso sí que mola. Y si 2012 nos debe todo lo que nos merecemos, desde luego.
Va a ser la bomba.
El amor es un tipo de tumor benigno que vive con nosotros anclado en la rodilla, como es mi caso, o en cualquier otro lugar del cuerpo, sin identificar. A medida que vamos creciendo, se desarrolla, llegamos a poder darlo a nuestra manera, recibirlo a nuestra manera, sin tener que preocuparnos de él. Sólo duele si llueve, como el resto de las articulaciones artríticas. Arrítmicas. Con tres pacharanes duele, luego ya no. Como todo, es benigno, hasta que algún factor, ya sea externo o biológico, lo vuelve maligno y nos ataca, así de raíz. Como si nunca hubiera estado con nosotros. Se olvida un poco de lo que le hemos dado para alimentarlo.
Al extirparlo, por fin, la biopsia revela que el amor nuestro era defectuoso. Por algún tipo de enzima extraña, de la alimentación o algo parecido. Culpa nuestra. Fumamos mucho, poco gimnasio, lo que sea. El caso es que ya está fuera y no tiene ni forma ni color. Se mete en un tarro con formol y ahí se queda, para nuestro museo de cosas que no vamos a volver a usar. Científicos del mundo entero pueden estudiar la partícula, sin revelar nada que nosotros no sepamos. Para algo lo hemos llevado encima tanto tiempo. El caso.
Una noche en cualquier parte, después de un día de esos en los que uno tiraría su móvil y su carnet de identidad por algún wc de gasolinera de autopista. De un día de lluvia o de sol, qué más da, que uno quiere perderse en un campo de los que tienen flores y olvidarse de la religión que ha profesado y de los zapatos con los que ha ido recorriendo el mundo. Una noche. De esas. Un espejo y cena gratis. Nada más que decir.
Cuando uno ha pasado más noches en vela que durmiendo, sabe apreciar los amaneceres. Porque son un momento del día en que ningún ser humano más existe. Ninguno excepto ése alma cándida que ve amanecer. Y se siente como si fuera el rey del mundo. Mientras vosotros dormís, yo os miro. Y así. Eso es amor. Y se desarrolla en cualquier parte del cuerpo.
Ya sea en la rodilla, como es mi caso. O en cualquier otro lugar. Sin identificar. De nuestro cuerpo. Vuelve a desarrollarse, como cada mosca que nace en primavera. Si no, de qué íbamos a vivir.
¿O no?
Sí, ya sé mucho tiempo desaparecida. Hay momentos en los que a la gente no le surgen dudas amorísticas y por mi parte, he vuelto a dejar que me secuestre una panda de polacos armados hasta los dientes que me han hecho lavar coches diez horas al día. Ah, no. Eso fue en 2004. No me acuerdo.
El caso: aquí estoy. No sé si alguna vez le habrá pasado a alguien, a mí sí. O me está pasando en este instante, a lo mejor. De tener la cabeza puesta en un sitio, en un lado de la estantería y guardarla ahí. Y poner en ella toda la energía para caminar, para comer. Es la que recuerda que tiene que respirar de vez en cuando para seguir adelante y crecer. Y un poco más abajo, escondida detrás de los libros del estante, una cajita. Con cosas. Varias cosas tontas. Y se sabe que para que todo vaya bien, uno no puede abrir la caja. Tiene que seguir pensando, mantener la cabeza arriba. Pero por lo que sea un día piensas: "No pasa nada, puedo mirar la caja". Y la abres. Y la cagas.
Rápidamente, cierras la caja, de la que se han escapado todos los pecados de los que intentabas huir. Pero es tarde. Y recuerdas. Ya no se puede saber dónde dejó uno la cabeza, porque está ahí, hundida sin remedio en la boca del estómago. Qué dolor tan horroroso, da hundir la cabeza en otro punto del cuerpo. Irremediable, supongo. Porque aún no he conseguido construirme a base de acero. Aunque pedí presupuesto. Todavía no me sobran los duros, qué le voy a hacer.
Conociéndome, no soy muy dada al agarrotamiento estomacal. No suelo sufrir de pánicos escénicos, ni de penurias de hígado y tampoco me suele suceder que le den un pinchazo al corazón del que no salga una cicatriz de guerra super chula. Será que me hago mayor. O algo de eso. Como si mirase a las paredes de mi cuarto y ya no hubiese fotos. Como si no hubiesen estado nunca. Algo chirría. Creo que son mis rodillas, pero ésa es otra historia entre yo y mi ex-monitor de aerobic.
No sé si le ocurrirá a todo el mundo, ya digo, pero a mí sí. Lo de quedarme tonta pensando, sorbiendo un café en la barra de un bar. Pensando todo el rato en una caja cerrada, con la leche fría. Un vaso de agua. Un pincho de tortilla, sin calentar, gracias. Ha vuelto a subir el tabaco. Tengo que deshacer la maleta. No tengo tiempo. Y de pronto, que alguien se acerque a mi espalda y me diga casi susurrando: "Qué guapa te pone la pena". Me hace gracia. Y respondo que no estoy triste. Un poco cansada. Que trabajo aquí al lado. Que no sé qué de cabezas y de cajas. Que cuando quedamos.
Y se me olvide de lo que estábamos hablando.
Que diría Calderón. Y los sueños, sueños son. Todos tenemos alguno. Y si no, está claro que podemos buscarlos, no sé muy bien dónde. En algún rincón de las entrañas, allá por el estómago, los tobillos, la nuca. Donde sea. No sé qué le parece a la gente elegante que vaya a leer este blog, pero me caracterizo por ser una de ésas personas absurdas que no hacen lo que quieren y le echan la culpa a la vida. O a la crisis. O al cambio climático. Lo que sea, que tenga otras manos.
Soy una de ésas personas que no persiguen sus sueños. Vaya. Qué dolor he tenido en algún sitio.
Llega un día el otoño, cuando ya ni siquiera nos acordábamos de qué era eso. Es una estación. Y llueve. Precisamente eso, la lluvia, le va quitando ésa fina capa de polvo que queda en las hojas de los árboles. Nos ducha. Y así, desempolvados, podemos intentar mirar con otros ojos las mismas cosas.
Estaba yo pensando. No sé cómo piensa la gente, pero seguro que yo pienso muy raro. Se me ocurre una cosa, me imagino que soy estrella de rock, después se me ocurre otra que me pone triste, me vuelvo a imaginar que soy estrella de rock y así infinitamente. Después me doy cuenta de que ha pasado mucho tiempo y pienso que han cambiado la hora y que si hoy fuera anteayer, sería la una y no las doce, lo cual, me hace sonreir porque de una forma muy tonta le he ganado al tiempo. Así de fácil. Y se me ocurre pensar que lo que menos quiero es volver hacia atrás, aunque sólo sea una hora y voy y me enfurezco, me ciego, pego un grito y vuelvo a fumar sabiendo que cualquier día de estos me dará la tos.
Aún así, con más o menos teatro, sigue siendo lunes. Los lunes son especiales, aunque haya mucha gente que los odia. Los odiarán claro porque no saben apreciar lo que un lunes significa. Y es que podemos mirarlos de dos formas. Como un día en que se acaba algo o como el día en el que empieza todo. Por lo general me quedo con la idea del empezario, que no empresario. Porque todo es empezar. O eso dicen. Y para empezar con algo, hay que terminar con todo.
Qué bonito y qué fácil suena. Como el chiste del tartamudo, para mí puede ser fácil decirlo. Eso es lo que imagino que está pensando mi risueño lector. Difícil debe ser cambiar algo que no dependa de nosotros. Pero sí depende nuestra energía. O también se la podemos achacar al tiempo y decir aquello de "estoy como el día". Y estar uno con lluvia por dentro, si quiere. Pero no. No creo que el clima influya. Por eso lo fácil es cambiar lo que sí depende de nosotros. Y tomar algunas decisiones. No todo el monte es orégano, si queréis que escriba más refranes.
Y sí, sigue siendo lunes. Y en mi mano está tanto como en las vuestras, verlo como un día más de otoño, en el que no nos apetece madrugar. Que el café sigue siendo el mismo, sigue estando caliente, puede llover o no, pasará algún coche cerca de un charco que salpique. Hoy. Los trenes saldrán a la misma hora de siempre y es que el mundo es así de cruel. Que por mucha revolución que tengamos nosotros dentro, sigue todo caminando sin ningún tipo de solidaridad. Por eso a veces la naturaleza es inhumana, o la demás gente o el tiempo, aunque lo atrasen. Ahí está la realidad, objetiva y pura y a veces hostil. Ya la conocemos, vivimos, convivimos. Podemos verla como es o como quiera que nosotros veamos.
Así que un lunes empieza todo. Para mí.
La niebla lo aclara todo. Para mí.
Y la lluvia. Para mí.
Pongáis como os pongáis.

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